Humildad

Desde su escondrijo en una transitada esquina veía pasar cada día mil y un pies, pies anonimos que una y otra vez las despreciaban.

Su voz siempre emitía un débil sónido que imploraba por una ayuda y la respuesta de todos esos anónimos era la misma, una negativa acompañada de cierta dosis de desprecio.

– Algún día se darán cuenta de su error, pensó…

Al final de la tarde -como todos los días- se levantó, se puso sus verdaderas y elegantes ropas y subió al elegante coche que la esperaba en la esquina siguiente y que la llevaría a su casa en la zona más elegante de Barcelona.

Le gustaba vestirse de pobre para recordar las viejas épocas en las que tenia que mendigar para vivir y ahora que no lo necesita lo hace para mantener su humildad en pie.

Humildad que cada vez más nota que no le hace falta sólo a ella sino a todos los que siguen mirando de frente sin pensar en los demás.

Gente extraña hay en todas partes. ¿o somos nosotros los extraños?