Unas de cal y otras de… Cal

El domingo de la semana pasada venía en un bus después de un par de descansadas jornadas de ocio, playa, brisa y mar deseoso de llegar a casa y con el cansancio dibujado en la cara cuando en una de las paradas se montó una marabunta de gente; sus modales desenfadados, el impresionante escándalo y su marcado acento los delataron enseguida: Eran colombianos.

En España el colectivo colombiano es -con más de 400 mil compatriotas- el cuarto colectivo de inmigrantes (que desagradable me suena a mi esa palabra) más grande sólo superado por los
ecuatorianos, los marroquíes y alguno otro que se me escapa de la memoria; por lo tanto no es nada resaltable que en un autobús vayan varios de ellos, es más, muchas veces entrando en una tienda, llamando a una oficina o tropezándome por la calle he (y me han) preguntado ¿de donde eres?, signo inequívoco de que algo en el acento, alguna palabra dicha o incluso alguna pieza de la indumentaria me ha (o les ha) indicado que es un compatriota más por estos caminos de Dios.

Insisto, nada de esto es noticia ni merecería un post sino fuera porqueese día ante la invasión del autobús pasaron por mi mente ciertos pensamientos extraños, no es la primera vez que pasan pero si la primera vez que me pongo a pensar en ellos con detenimiento.

Me explico, no es que me crea de mejor familia ni nada por el estilo es más soy de los que voy gritando a los cuatro vientos mi procedencia colombiana (no como un par de conocidos que sé que lo niegan y – triste- casi que se avergüenzan) y evito en lo posible hacer eco a todos aquellos preconceptos que hay de nuestro país, pero hay momentos -como el que narro a continuación- en los que por física pena me toca taparme la manilla con la bandera tricolor que llevo en mi muñeca derecha desde el primer día que aterrizé en el aeropuerto de Barajas.

Y es que en el grupo de colombianos que se montó al autobús iban en un sólo bloque todos los clichés -contra los que tanto peleo- que se puedan imaginar: el borracho que casi no se tenía en pie, la mujer que a voz en cuello -a grito herido más bien- pedía que le dieran el asiento, el gracioso que nunca falta haciendo chistes de doble sentido, la parejita que no podía aguantar las ganas de llegar a follar y que durante todo el trayecto mantuvieron un maniculiteteo de magnitudes épicas, en fin todo tipo de comportamientos que me hicieron tapar una y otra vez la bendita manilla porque tanto mi acompañante como los demás pasajeros del autobús no hacían sino lanzar miradas de reproche y/o desconcierto.

A fin de cuentas lo que piensen o dejen de pensar los de aquí o los de allá me trae sin cuidado. CORRIJO: me traería sin cuidado sino fuera por el hecho de que el que este tipo de gente implante o externalice acá todos esos comportamientos hace que cada vez que yo diga que soy
colombiano me miren de arriba a abajo y empiecen a salir a cuento todas las historias anteriores y todos los preconceptos establecidos por gente que se comporta así o asao o por aquel amigo colombiano que hacía patatin patatan.

No soy yo quien para juzgar el comportamiento de nadie y es que si hay gente que decide llevar a cabo el ciclo migratorio haciendo un Copy- Paste de sus costumbres, es decir copiando los comportamientos de su país de origen y pegándolos a donde llegan por mi está bien pero que no
le jodan el caminado a los demás.

Ahhhh y por favor no lleven radios, ruanas ni arroz con pollo a la playa….

En fin, tenía que soltar esta papa caliente sino me quemaba…

Offside
Y lo peor es que acá en España nos critican por esos pero poco les importan aquellos colombianos que mueren defendiendo su bandera D.E.P